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¡Hagaaa el cambiooo!

Julio César Corredor Bernal

Las manos le sudaban mientras las frotaba y las pasaba con fuerza por su descompuesto rostro con ojos desorbitados, el corazón parecía un redoblante prisionero buscando fugarse, mientras que con movimientos involuntarios se paraba, se sentaba o daba vueltas sobre su eje, al tiempo que dejaba escapar un desgarrador pero contenido jueputaaa; de pronto y sin darse cuenta, estaba abrazando y dejándose abrazar de la persona más cercana, que como él o ella, lloraba de alegría porque un señor de negro, de un soplo, los llevó de la angustia infernal, al delirio desbordado.

Terminó el partido, se acabaron esos agónicos momentos que vivimos la mayoría de colombianos la noche del 10 de julio; nuestra selección se clasificó a la final de la Copa América y prendió una fiesta que volvió al país monotemático. Hoy, no se habla de otra cosa que no sea Lorenzo, James, Díaz y compañía.

Pero como siempre, no falta el aguafiestas. Así como El Grinch con la navidad, aparece ahora este inoportuno columnista quien deja de lado las cábalas, los pronósticos y los preparativos de la fiesta futbolera, para hacer alegoría de aquella exitosa publicidad que decía: “hagaaa el cambiooo”.

Yaaa lo hiceee, para olvidarme del balón y pasar a la bicicleta, esa con la que también nos han hecho sufrir, reír y llorar nuestros formidables escarabajos.

El desconsuelo puede ser mayor, si les digo que no vamos a hablar de las épicas victorias, las de Lucho Herrera, José Patrocinio Jiménez, Fabio Parra o Egan Bernal, no, el cambio lo hacemos para tocar un tema que, literalmente nos mueve las fibras, porque de esas heroicas jornadas que llenaban páginas enteras de los diarios nacionales e internacionales, comentando sobre el honor y la gloria de nuestros ruteros, ahora se pedalea hacia el desprestigio y la desilusión, pues esas páginas pasaron a ser crónicas de farmacia en las que términos como esfuerzo, sacrificio y entrega, perdieron el paso ante el ritmo acelerado que hoy imponen otros como Epo, Furosemida, esteroide, jeringa, etc.

Lamentablemente ahí, en la “clásica” al doping, los boyacenses también somos protagonistas de primer orden, y de caso en caso, vamos liderando la clasificación general de nuestro país, a la que recientemente ingresó Héctor Ferney Molina Gil, actual campeón de la Vuelta de la Juventud, quien fue incluido en el listado por la Organización Nacional Antidopaje.

En ese vergonzoso inventario, publicado hace un par de días por la Federación

Colombiana de Ciclismo, aparecen varios pedalistas de nuestro departamento, lo que indica que, cada vez estamos más lejos de ser la raza de campeones que algún día fuimos.

Todo en medio del yo no sé, yo no fui, a mí que me esculquen; nadie acepta su responsabilidad y esas sustancias aparecen en los organismos de nuestros deportistas como por arte de magia. Sin embargo, como lo escribió en sus redes sociales, Mauricio Soler “tenemos algunos personajes que se creen saber mucho y lo único que hacen es acelerar un proceso que debe ser natural y con entrenamiento”.

Porque, aunque quieran ocultarlo, en el medio ciclístico muchos lo saben, conocen los nombres de los implicados en lo que llaman una mini red del dopaje y aunque no han salido a luz pública, los hechos lo corroboran, como bien lo dijo el técnico Luis Fernando Saldarriaga: “por eso en Europa no quieren fijarse en los ciclistas jóvenes”.

Creo que es hora de bajar la bandera para empezar una verdadera competencia contra los ineptos e incapaces que llegan a dirigir a los jóvenes, más por recomendación del padrino de turno que por cononocimientos y para mostrar resultados recurren a la trampa, llevándose consigo a incautos que prefieren el terreno fácil.

Así las cosas, el llamado es para la dirigencia, la cual tampoco puede escapar a la responsabilidad que le asiste. También a los técnicos serios y respetuosos de su profesión, que los hay en gran número, a los ciclistas que aún creen en el sacrificio como medio para triunfar e incluso a la afición que hoy en día excusa a los responsables, argumentando persecución.

A todos nos llegó la hora de lanzar el ataque demoledor contra los cobardes que desprestigian nuestro deporte bandera, ataque para dejarlos rezagados e incluso fuera del límite de clasificación y entonces gritar, como lo hacía el narrador de antaño: ¡Hagaaa el cambiooo!

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