En un paso clave hacia la modernización del sistema eléctrico, el Gobierno nacional encendió el debate energético con la expedición del Decreto 0393 de 2026, una norma que promete transformar la forma en que se produce, distribuye y consume la energía en el país.
La medida establece por primera vez lineamientos claros para integrar los Sistemas de Almacenamiento de Energía (SAE) tanto en el Sistema Interconectado Nacional como en las Zonas No Interconectadas, territorios históricamente rezagados en acceso a servicios básicos.
El anuncio fue respaldado por el ministro de Minas y Energía, Edwin Palma, quien destacó que esta tecnología permitirá llevar energía “más estable y limpia” a regiones donde la presencia del Estado ha sido limitada. En esencia, el almacenamiento energético funciona como una gran “batería” que guarda electricidad en momentos de baja demanda para liberarla cuando más se necesita.
Este avance cobra especial relevancia en un país que ha venido apostándole a las energías renovables. Fuentes como la solar y la eólica, aunque sostenibles, presentan un desafío: no siempre generan energía de forma constante. Aquí es donde los SAE entran en juego, asegurando estabilidad y continuidad en el suministro.
Además de evitar interrupciones, estos sistemas podrán ofrecer múltiples servicios: desde regular la frecuencia eléctrica hasta respaldar el sistema en casos de fallas totales (lo que se conoce como “arranque en negro”), pasando por la gestión inteligente de la demanda y la reducción de congestiones en la red.
El desarrollo de esta política contará con el acompañamiento de la Comisión de Regulación de Energía y Gas, que será la encargada de definir cómo se remunerará y operará esta tecnología, un aspecto clave para atraer inversión privada y acelerar su implementación.
Pero más allá de la innovación técnica, el impacto social podría ser el verdadero cambio de fondo. En las Zonas No Interconectadas —donde miles de familias dependen de soluciones precarias o intermitentes— el almacenamiento energético abre la puerta a un servicio continuo, confiable y sostenible.
Con este decreto, Colombia no solo busca evitar apagones, sino también posicionarse en la transición energética global. La apuesta es ambiciosa: un sistema más resiliente, limpio y capaz de responder a los desafíos del futuro.